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Pintando con palabras

"Los tres músicos" de Picasso

¡Hola a todos y a todas!

En “Te amaré todas las vidas” me inspiré para cada uno de los relatos en diversas obras del pasado y el presente, tanto literarias (ahí están “Romeo y Julieta”, “Tristán e Isolda” o “La Balada de Beren y Lúthien”), como cinematográficas o musicales. Pero quizá ha pasado desapercibido que también me inspiré en pintura, como buena muestra es el comienzo del último relato, “Dónde está mi mente” (título, por cierto, sacado de la canción de los Pixies para “El club de la lucha”):

—Había un quinqué prendido sobre la mesa que iluminaba una botella de vino fraccionada, derivando una sombra escamada sobre el periódico del lunes, de cuya portada una guitarra española parecía desprenderse, a punto de caer de la mesa. Al fondo de la habitación, sentada en un sofá, una mujer se encontraba sentada, de espaldas. Su cabello parecía esculpido por el mismo Canova, una curvatura perfecta, áurea incluso, que al acercarme descubrí rotaba en torno a toda su cabeza sin mostrar su rostro. Su cuerpo desnudo, níveo y púber como una Venus renacentista, me pareció exánime. Su inmovilidad robótica, sin embargo, anunciaba que en algún momento aquel cuerpo había tenido vida, o si no era vida al menos sí movimiento.

Regresé a la mesa, la guitarra ya estaba caída en el suelo, muda y torpe. Y el periódico ya no era del lunes sino del mes pasado, y el quinqué se había consumido siendo la luz natural del día la que me alumbraba. Giré sobre mí mismo hacia la esquina de la habitación, que de pronto se me hizo elevada y lejana. Si Euclides hubiera estado allí le habría estallado la cabeza, porque la esquina donde anteriormente estaba la mujer sin rostro no pertenecía al mismo plano en el que yo me encontraba. Y de pronto Euclides estaba allí, conmigo, con un grito sordo como el de Munch pintado en la cara, mirándome horrorizado.

Decidí que ya era suficiente e intenté salir de la habitación, pero las puertas y ventanas habían desaparecido, y de los restos de la guitarra que yacía como un cadáver a punto de ser enterrado, se levantaron tres músicos cuyos cuerpos geométricos y oscuros me recordaron a los recortes que hacen los niños con cartulinas para componer figuras humanas. Sus ropas de colores planos se entremezclaban con el fondo y entre ellos mismos: uno tocaba una trompeta, otro un acordeón y el del medio la guitarra desvencijada que había estado sobre la mesa, cuyas cuerdas saltaban a cada acorde amenazando con atraparme.

Un perro salió de detrás de la mesa. Era un perro negro, pero no diría que su pelo era negro, sino que todo él era una mancha, un vacío en la realidad con forma de perro, una sombra chinesca de algún otro lugar ajeno a la habitación, que se colaba por algún juego mágico de luces y figuras interpuestas. Intentaba ladrar, percibía las sacudidas de su cabeza, pero al igual que les sucedía a los músicos su oscuridad solo se expresaba en silencio.

Así es como comienza ese relato, con una descripción de un cuadro cubista imaginario para, posteriormente dar paso a la descripción de un cuadro real, de Pablo Picasso, “Los tres músicos”, 1921.

"Los tres músicos" de Picasso

Pero no es el único cuadro que aparece en mis libros, a veces literalmente y en ocasiones componiendo una escena. ¿Adivináis alguno más?

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